domingo, julio 04, 2004

Un oasis

Cuando se asume que uno padece una idiotez crónica ves las cosas de una manera mucho más relajada. ¿Qué demonios hacía yo esta mañana levantándome a las diez, después de haberme acostado a las siete, para ir a la caza y captura de un bolso que cumpliese ciertas especificaciones? Ni idea. Pero el caso es que lo he hecho. Y como va siendo costumbre en todo lo que hago últimamente, el fracaso ha sido relativo: Me he recorrido tres Corte Inglés, dos Zaras, un Cortefiel, el rastro y varias tiendas sin encontrar un bolso que se ajustase a lo que quería, pero a cambio, ahora mi cultura en lo que respecta a los tamaños, las formas, los materiales y la estética de los bolsos ha mejorado ostensiblemente, merced a las amables dependientas que me han atendido. Loadas sean, medio amargadas como estaban de currar un domingo y me han atendido exquisitamente.

De manera que, después de haberme recorrido el equivalente a una maratón en pasos por tiendas de rebajas, con un notable estado semidepresivo fruto de no haber desayunado nada, de no haber encontrado lo que buscaba y de una imperante necesidad de alcohol, iba caminando por la Gran Vía en dirección a ninguna parte, cuando me he encontrado con un grupito de chicos y chicas que portaban palos de fregona. Y en lo alto de los palos de fregona había pegado con cello un cartel que rezaba Abrazos gratis. Iba tan enfrascado en mis pensamientos que he pasado de largo. Pero después de haber dado cinco pasos me dí la vuelta y supe que si realmente había un momento en el que necesitara un abrazo, ese momento era ese. Me he acercado a una chica y nos hemos dado un largo (y en mi caso terapéutico) abrazo en mitad de la Gran Vía, mientras los coches y las personas pasaban a nuestro lado como un huracán. Bravo por ellos. Loados sean. Ha sido como encontrar un oasis en mitad del desierto de hormigón y sudor que es esta ciudad en verano.

La mañana a partir de ese momento ha empezado a mejorar. De vuelta a casa después de pasar por Rosa Negra (dos regalos, uno lo daré seguro, el otro no lo sé) en la calle Montera, dos cañas y una jarra de refrescante cerveza y cantidad de conversación intrascendente con los personajes que pueblan este barrio. El lacón de ese bar merece un capítulo aparte. Igual que el jamón. Todos ellos han contribuido a que mejorase mi humor más de lo que creía posible, dado que por desgracia la guinda del pastel de este sábado ha sido amarga.

Tristeza, más tristeza. Echo de menos tantas cosas en tu compañía...

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